
La gente se suele mostrar reacia a montar fiestas en su casa, por otro lado me parece lógico, por las posibles consecuencias. Pero cuando eres tu, sin ningún tipo de coacción, quien convocas a gente en tu casa para celebrar fechas señaladas, se supone que te apetece.
Hay gente que no se da cuenta que ser anfitrión es un arte, y se ofrecen voluntarios para serlo sin saber.
No basta con ser el dueño del lugar, hay que poner corazón para que los invitados sean felices y quieran repetir en futuras ocasiones. La noche puede llegar a ser inolvidable o puede ser para olvidar todo dependerá de lo buen anfitrión que sea uno.
Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones este quiere ser el protagonista y se le puede dar un poco de margen para que su ego crezca, o incluso le regalas la oreja hablándole de lo bonita que es la mesa o de los detalles tan exótico que tiene colgados en las paredes. Pero, nunca hay que estar dispuesto a dejar que te pisen el cuello ni a ti ni al resto de los invitados, y menos cuando sois vosotros los que estáis poniendo de vuestra parte para que la noche vaya como debería, es decir, os encargáis de traer bebidas, alimentos, etc… y además ponéis todas las ganas, aunque razones no faltan para mandarlo todo al “carajo” cuando el anfitrión empieza a sabotearlo todo.
Igual de importante es la figura de la anfitriona. Ella debe ser en muchos casos la parte más importante, la que anima a entablar largas y discernidas conversaciones de sobremesa, la que en muchos casos diga las cosas con bastante sutileza, la parte delicada y la que más en casa te hace sentir.
Pero nunca debería ser la parte afilada, la puerta que se cierra, la astilla que se te clava y el dolor de muelas que no te permite pasártelo bien.
Que fácil es querer sin saber, que fácil es arruinar la noche.
Hugh Hefner que difícil es ser reconocido mundialmente por tus fiestas, por lo bien que se lo pasa uno en tu casa, por la compañía tan agradable y el ambiente de hogar que se crea en tus fiestas.





